María Eugenia López Hernández
El 30 de julio de 2022 partió para estar con el Señor el hermano Anderson Hernández en la ciudad de Mérida, México. Había salido a medianoche a buscar medicina por presentar un malestar gripal, y en una esquina cerca de su casa su vehículo fue impactado por otro, y de manera instantánea partió para estar con el Señor.
Él y su esposa María Eugenia tenían ocho años trabajando en el evangelio en México, ya que habían sido encomendados a la Obra del Señor por las asambleas de Puerto Cabello, Venezuela, el 11 de octubre de 2013 y lograron viajar a México el 23 de abril de 2014.
Anderson Miguel Hernández Majano nació en Puerto Cabello, Venezuela, el 19 de mayo de 1981, en un hogar donde sus padres no eran creyentes. A la edad de 4 años, la familia sufrió la pérdida de su hermano mayor, de 18 años, por un accidente de motocicleta. Esto hizo que sus padres se acercaran cada año a la iglesia católica para ofrecer una misa por la memoria de Wilfer. Este hecho despertó la curiosidad de Anderson por lo que había después de la muerte. Su papá tenía una Biblia que no leía, pero él comenzó a leerla a los 9 años. Un día estaba en el porche de su casa y llegó un señor a reparar una lavadora, y le llamó la atención que un niño de esa edad estuviera leyendo la Biblia. Inmediatamente le hizo unas preguntas y lo invitó para unos cultos en Miquija, y él aceptó. Cada noche durante un mes el hermano Juan Peña (de la asamblea en Bartolomé Salom) lo llevaba a los cultos. Aunque había aprendido en la religión popular lo relacionado a sus prácticas, ya para el final de la serie de predicación, había entendido que solo Cristo podía darle el perdón de sus pecados y la vida eterna.
Pasaron unos años y ya tenía 13 años de edad, pero aún sentía la inquietud en su alma de que no era salvo. Así que el 23 de enero de 1995 le pidió a su mamá que lo llevara al culto de predicación en la asamblea en Bartolomé Salom. Ese domingo estaba predicando el siervo del Señor don Delfín Rodríguez y Bernardo Chirinos. El tema de la predicación fue el pecado como una enfermedad en el alma. Anderson entendió que sus pecados no le daban entrada al cielo. Al escuchar la lectura de Juan 5.24: “De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida”, Anderson recibió a Cristo como su Salvador.
Pasaron once meses y leyendo su Biblia en su lectura diaria, pasó por el pasaje de Mateo 28.19: “Por tanto, id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado”. Por medio de este versículo entendió que el Señor lo estaba llamando, pero ¿a qué?, ¿a dónde?, ¿con quién? Años después oyó el reporte misionero de un hermano de México y comenzó el deseo en su corazón de ir a visitar ese país.
Algo importante que sucedió en la vida de Anderson fue que desde muy pequeño jugaba béisbol, y llegó a ser un prospecto para ser firmado por dos equipos de las Grandes Ligas. Aunque esto formaba parte de su vida y su futuro como profesional, él decidió renunciar a todo esto por amor al llamado de Dios a su Obra. Esta decisión produjo el descontento de su papá. Luego en el transcurso del tiempo tuvo la dicha de ver convertidos primero a su mamá y luego a su papá.
En noviembre de 2003 contrajo matrimonio con María Eugenia López. Ella había sido salva a la edad de 17 años, el 9 de mayo de 1999. De este matrimonio nacieron dos niños, Timothy y Ximena (esta última nacida cuando ya vivían en México). Después de algunos años, junto a su esposa e hijos, visitaron México, llegando a la ciudad de Chihuahua. Le conmovió la cantidad de personas en un solo estado (el más grande de México) y solo una pareja de obreros sirviendo a tiempo completo. Después de ese viaje regresaron a Venezuela con la convicción que Dios los estaba llamando a este gran país (Hechos 16.10).
Anderson se había destacado por su testimonio, su don para la predicación y la enseñanza y el deseo de entregar su vida a la causa de Cristo. El Señor guió todo para que los ancianos de la asamblea en Calle Sucre, Puerto Cabello, junto con las asambleas de la zona, le dieran a él y su esposa la diestra de comunión para la Obra a la que habían sido llamados en la fecha antes mencionada.
Cuando llegaron a México se radicaron en Chihuahua donde vivían los hermanos Gilberto y Alicia Torrens. Un año después nació su niña Ximena. Luego el 8 de febrero de 2016, después de varias visitas a la ciudad de Monterrey, decidieron mudarse para comenzar a trabajar en esa ciudad. El día que llegaron a Monterrey se fijaron en un letrero en la puerta de la ciudad que decía: “Bienvenidos a Monterrey la Gran Ciudad”. Esto les hizo recordar que esa misma expresión la mencionó un hermano el día de su encomendación: “Levántate y ve a Nínive, aquella gran ciudad” (Jonás 1.2).
Después de hacer un recorrido por algunos municipios del estado repartiendo tratados, revistas Vía y textos con el número de teléfono, recibieron una llamada de una señora que vivía en el municipio Juárez. Este no era el municipio más recomendado; todo lo contrario, según algunos era el más peligroso del estado. Con todo, al recibir la llamada, se decidió ir a visitarla, pensando que sólo sería una visita. Sin embargo, ese día, el 5 de mayo, la señora Marbella fue salva leyéndole Isaías 55.8.
La obra en Juárez – Nuevo León, comenzó el 12 de mayo de 2016 con una serie de predicación por dos meses y clases bíblicas para niños, específicamente en Vistas del Río, un sector lleno de idolatría. Más que la religión popular, la gente suele adorar a la muerte, por lo tanto, los hogares están llenos de esta secta donde se adora a la muerte. Por la gracia de Dios vieron algunas almas salvadas y el 30 de junio de 2018 se estableció la asamblea con 13 miembros.
Algo que les llamó la atención a Anderson y su esposa fue la pregunta que les hizo su hijo Timothy el mismo domingo cuando regresaban de celebrar por primera vez la cena del Señor. “Papi, ahora que se partió el pan por primera vez…¿qué sigue?; ahora ¿a dónde vamos a trabajar?” Eso les animó, ya que estaban orando por el siguiente paso. Ya para ese tiempo había llegado a trabajar en la obra en Monterrey los hermanos Miguel y Ruth Mosquera, quienes habían sido encomendados desde una asamblea en Canadá.
El 2 de marzo de 2020 hicieron la primera visita a la ciudad de Mérida, Yucatán, por una semana evangelizando con la revista Vía, textos y tratados. Luego regresaron dos veces más, convencidos que el Señor los estaba llamando a esa ciudad. El 30 de septiembre de 2021 se hizo la mudanza, continuando la evangelización y orando para que el Señor les indicara un lugar. En un sector llamado El Progreso habían evangelizado en visitas anteriores y el corazón de Anderson quedó prendido a ese lugar.
Alquilaron una casa para predicar en la colonia del Parque y se comenzó a predicar. Sólo había cuatro, Anderson, su esposa y los dos hijos. También predicaba al aire libre en un Hospital cerca. Allí conoció al señor Enrique y a don Florencio. Ellos atendieron la invitación para los cultos y dos semanas después fueron salvos. También se acercó Eliseo, quien venía de una denominación y tenía muchas preguntas.
Ellos seguían orando por El Progreso. Una tarde Anderson compró globos y algunos dulces y fueron. Sus palabras textuales fueron: “vamos hoy al lugar preparado para nosotros”. Ese día llegaron a la colonia Vicente Guerrero, con el megáfono en mano, globos y dulces. Invitó a los niños y los vecinos de la comunidad. Inmediatamente salió el prefecto de la colonia y ofreció un kiosko y el parque para que estuvieran los niños a la hora de la clase. Ese día llegaron 21 niños. Dos días después se sumaron más y quedó establecida la clase bíblica y la predicación los lunes y los miércoles.
A raíz de la visita del hermano Felipe Lampkin de Canadá, evangelizaron el pueblo de Kanasin, donde vive don Florencio y vieron otra puerta abierta.
En esas ocupaciones estaba Anderson cuando de manera inesperada (para nosotros), el Señor decidió que partiera para estar con Él, cuando apenas tenía 41 años. El Señor volvió a recordarnos que Él es soberano y no tiene que darnos explicaciones, al menos por ahora, de sus decisiones. Lo que sí sabemos es que “a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados”, Romanos 8.28.
